2 de diciembre de 2016

Una nueva constitución para un Estado Social

Compartimos la ponencia presentada por el compañero Joaquín Gorrochategui en el encuentro "Aportes para la Reforma de la Constitución Provincial" realizado en la ciudad de Santa Fe. El representante del CEFICAP sostuvo que "edificar una sociedad de bienestar debe formar parte del ideario de nuestra constitución política. Un Estado social garante de una ciudadanía social conducido a reducir las desigualdades que genera el mercado".




Hoy nos reunimos para afirmar y trabajar por la grandeza de nuestra provincia, grandeza que no es la sola amplitud de nuestras ciudades, grandeza que no es el tamaño de nuestros edificios, ni la fertilidad de nuestros campos; nuestro orgullo y motivación se basa en una premisa muy sencilla, resumida en una declaración realizada en 1962: “organizar los poderes públicos y consolidar las instituciones democráticas y republicanas para asegurar los derechos fundamentales del hombre; mantener la paz interna; afianzar la justicia; estimular y dignificar el trabajo; proveer a la educación y la cultura; fomentar la cooperación y solidaridad sociales; promover el bienestar general; impulsar el desarrollo económico bajo el signo de la justicia social; afirmar la vigencia del federalismo y del régimen municipal; y garantir en todo tiempo los beneficios de la libertad para todos los habitantes de la Provincia”.

En esta construcción colectiva estamos ante una alternativa.
         
Podemos ser quienes meramente adapten técnicamente nuestra carta magna a la reforma nacional o los tratados internacionales, consolidando un edificio jurídico en donde la circulación del poder político se mantenga dentro de los muros estatales. 

Podemos simular que no estamos consolidando de ese modo esa ciudadanía de baja intensidad de la que hablo Guillermo O” Donnell, es decir, ese status fácticamente desigual y territorialmente asimétrico de acceso a los servicios del Estado.  

Podemos convencernos que esto nada tiene que ver con la crisis de régimen político actual y con las falencias de nuestros modos de integración como comunidad.
         
Es decir, podríamos ser esa generación que solamente se aboque a acondicionar ese edificio estatal que hace décadas corre por detrás de una sociedad en permanente cambio. Seríamos quienes construyen en el siglo XXI una reforma en sintonía con la inercia de las postrimerías del S XX. Pero también podemos hacer una cosa distinta.
           
Podemos ser quienes hagan honor a la tradición de avanzada de nuestros constituyentes, quienes comprendan que todo acto instituyente del Estado lo es también de la sociedad, quienes desde la argamasa de una ciudadanía integral, social, o como dice Habermas, co-rresponsable en las diferentes decisiones políticas del ámbito público, seamos artesanos de un edificio estatal que no sólo restringa sino combata las desigualdades sistémicas. Esta es nuestra alternativa.
          
Emprender el camino de la Reforma es empuñar un desafío como comunidad política. La Constitución no es solo una plataforma lejana de derechos y obligaciones comunes o aquella regla básica que marca el paso a la dinámica y circulación del poder entre las estructuras instituidas. La Constitución es más que eso.
         
Reformar la Constitución es asumir el desafío de consensuar un nuevo pacto que reformule la relación entre Estado y sociedad, pacto basado en el derecho como herramienta de integración más que como instrumento de dominación, pacto entre los derechos humanos fundamentales y la soberanía popular, en definitiva,  pacto de ciudadanía.
         
Estamos frente a un cambio de época. La llamada "cuestión social" se ha transformado radical y definitivamente durante el último medio siglo. Nuestros contexto en muy poco se parece a aquél que condujo al constituyente del 62 a construir una herramienta garante de la gobernabilidad y receptora de las mejores doctrinas y prácticas constitucionales de su tiempo.
         
Este cambio de época está marcado por la incertidumbre. Un proceso sistémico y sus reacciones actuales condicionan el mapa. Durante el último medio siglo las transformaciones de la economía capitalista han puesto en jaque nuestros modos conocidos de integración social. Esto ha hecho de los desafiliados de la sociedad salarial, como los llama Castels, la norma del sistema social más que la excepción.
         
Bajo este cambio de época el Estado ha oscilado entre la impotencia y la complicidad en la marginación de amplios sectores sociales.
         
Mientras hace medio siglo, en la sociedad salarial, la intervención pública tenía como centro la protección a través del empleo formal y de las grandes instituciones universalistas; con los diseños neoliberales, la protección pública de bienestar fue reducida al asistencialismo de contención, es decir, a una red de seguridad mínima que acciona por detrás y por debajo del mercado de trabajo. Esto es lo que Rubén Lo Vuolo llamó "la pobreza de las políticas contra la pobreza".
         
En este cambio de época la ciudadanía está amenazada. Atenazada entre el desierto de la hegemonía del capital financiero y su reacción, los nacionalismos étnicos e iliberales conducidos por liderazgos mesiánicos que movilizan los desafiliados de la globalización. Grandes segmentos de excluidos en los países centrales asoman a la vida pública pero bajo la impronta de la xenofobia y la segregación de lo diverso. Estos movimientos contradictorios e íntimamente relacionados, marcan el desafío.
         
Es así que nuestro desafío aparece como una necesidad histórica. Revitalizar y reformular la tarea de edificar una sociedad de bienestar debe formar parte del ideario de nuestra constitución política. Un Estado social garante de una ciudadanía social conducido a reducir las desigualdades que genera el mercado.
         
En este desafío colectivo, las políticas sociales ocupan un lugar trascendente como productoras de bienestar.  Para ello, debemos abandonar el imaginario neoliberal que identifica política social con intervenciones residuales, es decir, como aquello que solamente sirve para paliar el desahucio de las políticas económicas.
         
Las políticas sociales son mucho más que una reacción a un problema. Por el contrario, como dice Castels,  son las “intervenciones que la sociedad se da sobre ella misma, sobre sus condiciones de producción y  reproducción de la vida”. Es decir, son creación colectiva y oportunidad de bienestar.
         
La oportunidad de una ciudadanía social plena solo se da mediante la des-mercantilización de las necesidades. No mediante el abandono al mercado, de ningún modo bajo la comunitarización o familiarización de las necesidades, sino solo a través de la acción pública de un Estado social moderno y eficiente, coordinado internamente, articulado en su intervención, integral en su concepción del individuo y distribuido simétricamente en el territorio capaz de garantizar la efectividad de los derechos.
         
No es en vano, ratificar en primer lugar el derecho humano fundamental a la salud y la educación de calidad de todo ciudadano. Tampoco lo es, afirmar que se trata de una competencia indelegable del Estado basado en el status de ciudadanía y no en la condición de cliente o asegurado.
         
No es en vano ratificarlos, por ejemplo, cuando en el campo de la salud, desde el orden federal bajo el ropaje de universalidad se impulsa el proyecto a una canasta básica de prestaciones, que deja librada las necesidades más onerosas de la salud, a la ganancia extraordinaria del mercado.
         
Asimismo, proponemos mejorar la protección o incorporar como materia constitucional algunas de las siguientes cuestiones que consideramos de vital importancia:

- Incorporar las condiciones para la estabilidad social del Estado, mediantecláusulas que aseguren un nivel adecuado de gasto público para la financiación de los servicios y prestaciones sociales.

- Mejorar el reconocimiento a la estabilidad del derecho al trabajo y el derecho a la seguridad, salud y dignidad en el trabajo.

- Reconocer el derecho a la protección social del desempleo

- Incorporar la paridad de género como una materia de protección constitucional,

- Asumir la protección del trabajo doméstico no remunerado, uno de los pilares de la desigualdad de género,

- Incorporar el respeto irrestricto a las minorías sexuales,

- Incorporar el respeto a la autonomía de la mujer sobre su propio cuerpo

- Incorporar la obligación estatal indelegable de protección a las personas con discapacidad, garantizando las vías de acceso a los servicios públicos universales

Des-mercantilizar necesidades para la vida y su reproducción y asumir la tarea de transformarlas en derechos, solo se puede lograr mediante un Estado dotado de fuertes capacidades políticas e institucionales. Solo una institucionalidad pública abierta y coordinada, efectiva y participativa, capaz de garantizar una ciudadanía social plena, puede ser garantía de estabilidad del régimen político democrático, que tanto nos costó conseguir.

En definitiva, y para terminar, asumir el desafío de Reformar la Constitución es abrevar en la complejidad actual hurgando en las mejores doctrinas pero al mismo tiempo, y fundamentalmente, escuchando las voces de lo más hondo de nuestra tradiciones populares. Por lo que hoy, surge más vigente que nunca, la frase que quizás marco el nacimiento de nuestro Estado social: “donde existe una necesidad hay un derecho”.

Santa Fe, 1° deDiciembre de 2016
Dr. Joaquín Gorrochategui.

CEFICAP - Partido PARES

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